Benjamin Abufom Silva, asesor del Programa de Apoyo a la Convivencia Escolar PUCV y coordinador de A Convivir Se Aprende en Cabildo
En Chile, la palabra seguridad se ha instalado con fuerza en el debate público. Desde la presencia militar en las fronteras hasta la inversión en infraestructura urbana, las propuestas buscan responder a una creciente sensación de inseguridad. Sin embargo, pocas voces destacan el rol que podría tener el aprendizaje socioemocional como estrategia preventiva frente a las múltiples formas de violencia que afectan nuestra convivencia. Nos cuesta reconocer, todavía, que la seguridad también se juega en el ámbito de las emociones.
En el sistema educativo, los conflictos dentro de las comunidades han adquirido una centralidad ineludible. Las denuncias ante la Superintendencia de Educación y la constante difusión de noticias sobre hechos de agresión en establecimientos han instalado la percepción de que la violencia ha aumentado, generando la demanda de hacer algo con urgencia. Frente a ello, las escuelas han desplegado respuestas diversas: desde la aplicación de la Ley Aula Segura hasta la creación de protocolos y comisiones, pasando por el desarrollo de medidas disciplinarias formativas.
Sin embargo, estas respuestas, aunque comprensibles, han terminado por burocratizar el abordaje del conflicto. Nos encontramos con escuelas que funcionan con lógicas de tribunales internos: se recopilan antecedentes, se emiten sanciones, se siguen procedimientos y se archivan casos. No se trata de abogar por la eliminación de los procesos burocráticos, si no de desarrollar procesos de resolución de conflictos coherentes con el rol de enseñanza de las escuelas. Recientemente, Rodrigo Egaña, director de Educación Pública (DEP), señaló el impacto de la burocracia injustificada en la educación chilena, junto con la importancia de aumentar los tiempos para liderar aprendizajes mediante la reducción de la sobrecarga administrativa.
Es importante que la puesta en acción de la nueva ley de Convivencia Educativa que se tramita en el Congreso no implique un exceso de burocracia en gestión de la convivencia educativa, manteniendo su foco en la coordinación interinstitucional y un enfoque preventivo.
El modo actual para abordar la violencia revela un conflicto existencial de la escuela chilena: cuando surgen problemas de convivencia, recurrimos antes a los marcos normativos y no a los procesos pedagógicos. Pero lo esencial de la escuela no son los protocolos, sino los vínculos y procesos de enseñanza-aprendizaje que en ella se generan. Allí radica su verdadero poder transformador: en la posibilidad de enseñar a convivir, con las contradicciones que eso implica.
A nivel nacional, persiste la idea de que la convivencia escolar y lo pedagógico son ámbitos separados, una dicotomía que disminuye el potencial de ambos campos. La convivencia se reduce a gestión de incidentes, mientras la enseñanza pierde su capacidad de formar personas integrales. El aprendizaje socioemocional no debería verse como un medio para mejorar resultados, aunque la evidencia demuestra su impacto, sino como un objetivo pedagógico esencial para la prevenir la violencia y fortalecer el sentido de comunidad
Un estudiante que sabe identificar sus emociones, ponerse en el lugar del otro, sea víctima o agresor, y expresar lo que siente, enfrentará los conflictos de otro modo. No se trata de distinguir entre “buenos” y “malos”, sino de crear condiciones para una paz duradera, una paz que no dependa de la ausencia de conflicto, sino de nuestra capacidad para enfrentarlos colectivamente. Una paz que no se construye desde la autorregulación individual o las normativas, sino desde los aprendizajes en conjunto de comunidades educativas.
Algunos critican que el sistema educativo ponga énfasis en lo socioemocional mientras persisten los bajos resultados en comprensión lectora. Pero se trata de una aparente contradicción: aprender a comprender textos y comprender emociones son procesos complementarios, no opuestos. Ambos fortalecen las habilidades que permiten a los estudiantes pensar, dialogar y construir una sociedad pacífica en conjunto con sus comunidades educativas.
¿Cómo avanzar en esta línea? Un camino concreto es fortalecer el Diagnóstico Integral de Aprendizajes (DIA), especialmente en sus dimensiones socioemocionales y de convivencia. La toma de decisiones basada en evidencia es un principio fundamental de las políticas públicas, y el ámbito educativo no debería ser la excepción. Evaluar, ajustar y acompañar a las escuelas en el desarrollo de estos aprendizajes puede marcar una diferencia real.

