Aunque existen antecedentes históricos, en Chile la relación entre pedagogía y psicología se formaliza normativamente con la Ley 20.248 de Subvención Escolar Preferencial (SEP) en el año 2008 y el Decreto 170 que implementó el Programa de Integración Escolar (PIE) en 2010. Respecto a esta relación, la investigación muestra una preocupante tendencia a trasladar el modelo clínico al contexto escolar (López et. al 2011), reproduciendo la psicologización e individualización de los fenómenos educativos sin considerar factores culturales, sociales y escolares que son necesarios para comprender y abordar lo que ocurre en la escuela.
En un contexto marcado por episodios de violencia escolar y problemáticas de salud mental, el rol de psicólogas y psicólogos plantea un desafío ético y político. No se trata solo de acompañar trayectorias individuales, sino de comprometerse activamente con la construcción de comunidades educativas respetuosas, democráticas e inclusivas. La violencia social que atraviesa los vínculos escolares exige repensar el quehacer profesional desde una mirada colectiva y transformadora, en la que la psicología educacional contribuya a una cultura de paz mediante experiencias compartidas de aprendizaje y bienestar.
En el marco del Programa A Convivir se Aprende (ACSA) del Ministerio de Educación, implementado en la región por el Centro de Investigación para la Educación Inclusiva y el Programa de Apoyo a la Convivencia Escolar de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, hemos conocido a profesionales de la psicología educacional que, desde un enfoque promocional, colaboran con docentes e impulsan prácticas centradas en la formación integral de estudiantes. En estos acompañamientos se han implementado consejos pedagógicos de convivencia escolar, espacios que articulan el trabajo entre equipos psicosociales y docentes, no centrados en los casos individuales, sino en objetivos curriculares. Estas experiencias muestran que se puede avanzar hacia escuelas que aborden pedagógicamente la convivencia, pese a que enfrenten obstáculos estructurales como la falta de tiempo para sostener estos procesos.
En este horizonte, la psicología educacional cumple un rol clave para que los espacios educativos sean lugares de bienestar, donde se aprenda a convivir. Si bien avanzar hacia un enfoque menos clínico e individualizante representa un desafío para las y los profesionales de la psicología, una vez superado, surge otra barrera igual o más compleja: la persistencia de estas lógicas en el resto de los actores escolares, desde equipos directivos y docentes hasta familias y asistentes de la educación. ¿Cómo impulsar una transformación genuina si estas miradas son aún demandadas y reproducidas por quienes también aspiran a ser agentes de cambio? El desafío, entonces, no es solo profesional, sino colectivo.

